Apostaron todo lo que tenían a la idea de la infinitud y antes de irse a la cama soñaron despiertos con lo que jamás soñaban dormidos, como solo saben hacerlo los viejos panzones enamorados de la noche.
Contaron un millón de deseos con retraso e inventariaron un sin fin de historias con demoras.
Aquella noche de confesiones prometieron reír infinito punto negro para siempre. Derrocharon en su expresión un gesto de simpleza y supieron desde ese instante que la infinitud y la eternidad no se ven, no se tocan ni se huelen.


