Allá por el siglo XIX en un recóndito lugar del norte de África -más precisamente en un palacio de la majestuosa e imponente Marrakech- una seductora y esbelta princesa, dueña del atributo de la absoluta elegancia, cometió el más peligroso de los pecados: omitir el deber hacer.
[Ante todo, una salvedad: si desear la mujer del prójimo, mentir, robar o matar, son graves pecados, ya sabrá usted que la omisión del deber hacer es todavía más peligrosa pues su grandeza y amplitud se traducen en una trascendencia que otorga un valor agregado al pecado. Ello implica que su sacralidad atraviesa los ínfimos y minúsculos pecados de los que veníamos hablando y por ende los ocupa, los habita. Así las cosas, omitir el deber hacer es equivalente a cometer, no uno, sino diez pecados a la vez. Al mismo tiempo, simultáneamente, superpuestos, confundidos, enredados y enroscados. Horroroso panorama si los hay!]
En este marco y bajo estos principios, podría decirse que Ñossue -esposa del sultán Yacoub el Mansour- había cometido el más terrible de los pecados: el de la simultaneidad, el del diez en uno. Si a ello le añadimos que tal omisión fue de la mano de la tentación, podría deducirse que el pecado era aún más grave, más vergonzoso y más humillante, pues encerraba en sí mismo la naturaleza femenina: la de la manzana de adán, la de la tentación del paraíso, la del que horror que una mujer desee!
Pero ¿cuál era ese arrebatado incidente que tanto pesaba sobre Ñossue?
El de no respetar el Ramadán. Grave pecado si uno ha suscripto su fe a la religión musulmana y al poder de Alá. Tal ritual establece que durante el transcurrir del noveno mes lunar, todos los hombres y mujeres adultos musulmanes que pertenezcan al Islam deben abstenerse de beber, comer y hacer el amor desde el alba hasta la puesta del sol. Culminada esta franja horaria pueden y deben abandonar el ayuno que más tarde retomarán. Ya lo decía el profeta: “Los hombres permanecen en el bien mientras no retrasen la ruptura del ayuno después de la puesta del sol”.
Corría el día nueve del mes del Ramadán cuando la elegante Ñossue -presa más de la tentación que del hambre- comenzó a comer una, dos y tres uvas; comió cuatro, cinco y seis y quien come seis come diez, veinte y treinta.
Una vez el estómago repleto ya no hubo más lugar que para la culpa.
La lejanía del cuento de Eva y la manzana no fue esta vez tan lejana para la princesa marroquí. El castigo y la acusación se hicieron presentes y cayeron sobre esta indómita dama a la que el poder soberano pronto la condenaría.
Antiguamente, el nombre original del país de Marruecos era Marroukech cuya traducción es “vete deprisa”, sublime mensaje el que le susurraron a la princesa…
Sin poder imaginar de que manera remediar tal horror e indefensa ante la mirada del pueblo entero, Ñossue no tuvo mejor idea que la de la fundición. ¿Suya? Impensable, señores, eso en todo caso los dejamos para los dioses teotihuacanos.
La hermosa mujer, poseedora de incalculables fortunas, ordenó fundir sus joyas de oro y con ellas construir tres esferas que más tarde la servidumbre colgaría en la cúpula del palacio más pituco de la rosada Marrakech.
Si la ostentación arábiga ya decoraba los castillos y las callejuelas de semejante ciudad, ahora las tres esferas habían-se convertido en la frutilla que coronaba y deslumbraba la vista de los habitantes de la hermosa Marrakech. Razón suficiente para el perdón. Y es que el brillo, el lujo y los excesos, son el sello profundo de estas paradójicas tierras moras. Sello que se entremezcla con siluetas de sombra, voces sin rostros y ojos cansados que con mucho esfuerzo cruzan inmensas latitudes llenas de un sol que quema y agota, intentado buscar al menos un sorbo de agua que les permite seguir rumbo.
Así es que hoy, cuando uno camina sus calles y descubre sus rincones, esta perla de ciudad plagada de perfumes y olores, nos susurra al oído la advertencia del pecado, el anticipo del castigo. Despacio y sutilmente la urbe de los cuatro colores levanta su velo y nos recuerda que el no poseer es tanto más riesgoso que la omisión del deber hacer. Menuda lección la del castigo…


Nano escribió,
febrero 19, 2008 @ 6:28 pm
Hermoso cuento, más aún si pudiera uno conseguir que te lo leyeran en un bondi camino camino a La Paz. Mientras más peligroso, mejor.
Leukau escribió,
febrero 24, 2008 @ 1:01 pm
¿Asi es que “hoy, cuando uno camina sus calles y descubre sus rincones, esta perla de ciudad plagada de perfumes y olores, nos susurra al oído…”?
Aquí y ahora, cada palabra me transporta, me lleva y me trae de Córdoba a Marrakech. Cada línea me atrapa, me sorprende, me asombra, me maravilla. Y es por su fuerza, por su pasión, por su colorido, por su brillo.
Ensamble perfecto entre lo icónico y lo lingüístico porque si la imagen refleja joyas, el texto es una joya con elegancia, sutileza y autenticidad.