Al fin y al cabo, los lugares sin espacio son rinconces sin reproches. El mejor lugar para los muertos.
Al fin y al cabo, los lugares sin espacio son rinconces sin reproches. El mejor lugar para los muertos.
Apostaron todo lo que tenían a la idea de la infinitud y antes de irse a la cama soñaron despiertos con lo que jamás soñaban dormidos, como solo saben hacerlo los viejos panzones enamorados de la noche.
Contaron un millón de deseos con retraso e inventariaron un sin fin de historias con demoras.
Aquella noche de confesiones prometieron reír infinito punto negro para siempre. Derrocharon en su expresión un gesto de simpleza y supieron desde ese instante que la infinitud y la eternidad no se ven, no se tocan ni se huelen.

Cualquier suspiro de lucidez en pares puede ser reventado a golpe de puño cerrado.
Ese rapto de complicidad colectiva que son las ideas dichas en simultáneo se castigan desde la niñez con tres didácticas piñas. Leer el resto de esta entrada »

Ni los errores más irremediables cobran la magnitud del error si uno equivoca bien. Errar en lo preciso es deslizar en la tecla, casi como anular el azar.
Oportuno, claro y conciso: errar bien.
Quien imaginaría que un vidrio venido a menos, diría tanto.
Que una insignificante ausencia sugeriría todo.
De haber vuelto a pegar la letra c en aquella frase, la puerta de su edificio hubiera dejado escapar toda sabiduría.
La mudeza había llegado, y para despejar cualquier tipo de dudas había empezado por arriba. Dispuesta a ocupar lugares insólitos, primero habitó el terreno de las ideas, luego los espacios vocales, más tarde los orificios de la respiración y, casi en un suspiro, había llegado al pecho. Esa mañana, los sonidos de la perplejidad.
Desde hacía un tiempo había dejado de contemplar la cautela del disimulo y caminaba ocupando los trazos del silencio. Esa mañana, los sonidos de la perplejidad.
Como en las peores intoxicaciones, como en los resfríos más profundos y como en los pedaleos más agobiantes; el final detonó con un gesto de imperceptible simpleza. Quizás porque la ingenua sospecha de la continuidad aparece a veces con forma de tostada.
Esa mañana, los sonidos de la perplejidad.
En las páginas de sus relatos, las bicicletas habrían ocupado casi un papel protagónico.
Verdes o rojas, juntas habían acompañado la risa de maneras irreproducibles y sentaban fiel testimonio de muchos de sus viajes. Leer el resto de esta entrada »